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Barrick Pueblo Viejo por dentro: bajamos al fondo de la mina más grande del Caribe y lo que vimos cambia el debate

La redacción por La redacción
31.03.2026
en Opinión
Tiempo de lectura: 8 minutos de lectura
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Barrick Pueblo Viejo por dentro: bajamos al fondo de la mina más grande del Caribe y lo que vimos cambia el debate
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Por Francisco Tavárez | Director General, Grupo de Comunicación El Demócrata

COTUÍ, provincia Sánchez Ramírez. — Hay preguntas que uno no puede responder desde un estudio. Por eso fui. Barrick me extendió la invitación y la acepté con una condición implícita: llevar la cámara del Demócrata donde nadie la detuviera, preguntar lo que el ciudadano preguntaría si tuviera el acceso que tuve, y narrar lo que encontré sin adornos ni consignas. Mi esposa Kalys Bautista de Tavárez me acompañó en el recorrido, junto al productor general del Grupo de Comunicación El Demócrata, Christopher Vásquez, y el equipo de nuestro medio. Ninguno de nosotros volvió con la misma imagen que llevó.

Lo primero que golpea es la escala. Uno sabe, intelectualmente, que Pueblo Viejo es una operación grande. Pero la comprensión real llega cuando te paras al borde del pit de Moore y el terreno simplemente desaparece bajo tus pies hacia un horizonte de roca viva que desciende en escalones gigantes durante cientos de metros. Los camiones que suben cargados de mineral —cada uno con una capacidad de hasta 200 toneladas— parecen insectos moviéndose por las paredes de una herida abierta en la montaña. Es imponente. Y es difícil de ignorar.

El primer paso: pararse al borde del abismo y entender lo que se está mirando
Mónica Rodríguez, superintendente de comunicaciones de Barrick Pueblo Viejo, fue quien nos recibió al borde del pit. Lleva años en la operación y habla de ella con la precisión de quien conoce cada talud y cada instrumento de medición. “Aquí es donde se encuentra todo el oro y la plata de Pueblo Viejo”, dijo, señalando el descenso escalonado que se abría a nuestras espaldas. “Y cada uno de esos escalones tiene una razón geotécnica de ser.”

Pueblo Viejo opera dos grandes tajos a cielo abierto —Moore y Monte Negro— más un pit satélite llamado Cumba. El proceso comienza mucho antes de cualquier explosión: equipos de geología perforan el terreno, modelan el yacimiento en tres dimensiones y determinan con precisión quirúrgica dónde está el mineral y cuánto vale extraerlo. Luego entra el equipo de planificación —geotécnicos, hidrogeólogos, topógrafos— y juntos deciden cuál es la geometría más segura y más eficiente del pit. Solo entonces viene la voladura.

La voladura no es una explosión ciega. Su único propósito es convertir un bloque masivo de roca en fragmentos manejables que los camiones puedan transportar hasta la planta de procesamiento. Ahí, en autoclaves que operan a 3.45 megapascales y 230 grados Celsius, el mineral pasa por un proceso de oxidación a presión que libera el oro. Es una de las tecnologías metalúrgicas más sofisticadas del hemisferio. Y está operada, en su inmensa mayoría, por dominicanos.
Lo que más me sorprendió: el nombre de los que mandan aquí.

Uno se imagina, antes de llegar, que una operación de esta envergadura estaría dirigida por canadienses de mediana edad con cascos amarillos. La realidad es otra. Katheryn Peña —ingeniera civil, treintañera, de las comunidades cercanas a la zona— nos explicó con una precisión que no admitía dudas la mecánica de los taludes y los parámetros geotécnicos que determinan cada corte del pit. Llegó a Barrick en 2018. Pero lo que no dice de entrada es que inició en la empresa como operadora de camión de carga pesada, modelo 789. De la cabina del camión al escritorio de ingeniería. “Cuando estás aquí dentro —nos dijo— ves el trabajo y la responsabilidad con que se hace esto, y es totalmente distinto a lo que uno imagina desde afuera.”

El ingeniero José Aladino recorrió un camino parecido. Nació en Maimón, a pocos kilómetros de la mina. Entró como operador de camión. Pasó por el equipo de aseguramiento de calidad, por perforación y voladura, por construcción. Hoy ocupa la Superintendencia Interina de la presa de colas El Llagal, la estructura de contención más compleja de toda la operación. Mujeres y hombres dominicanos, jóvenes, provincianos, que han construido carreras de alta especialización técnica dentro de la misma montaña que alguna vez solo miraron desde lejos.

El secreto que nadie ve desde la carretera: la presa que crece mientras la mina respira

La presa de colas El Llagal es, probablemente, lo que más me costó dimensionar durante el recorrido. No por su escala —aunque esa también impresiona— sino por su concepto. Es una infraestructura que se construye y opera al mismo tiempo. Cada año sube aproximadamente siete metros de altura. Cuando llegamos, el ingeniero Aladino nos explicó que estábamos parados sobre la primera presa de cierre, Sara Lan, de 600 metros de longitud. Al fondo, visible apenas, la estructura principal: El Llagal, con 1.3 kilómetros de muro. En total, entre todos los muros y cierres, 3.5 kilómetros de ingeniería de contención.

Lo que almacena esta presa son las “colas”: el material residual, sin valor comercial, que queda después de que el proceso metalúrgico ha extraído el oro y la plata. Son sedimentos. No gases, no líquidos tóxicos sin control, no lo que el imaginario popular suele asociar con la palabra “residuo minero”. Aladino lo demostró con sencillez: “Estamos parados aquí con un viento fuerte. ¿Usted siente alguna diferencia en el aire?” No la había.

Lo que sí hay, y es la parte técnicamente más relevante de todo el sistema, es instrumentación en tiempo real.

Piezómetros que miden el nivel freático dentro del muro. Inclinómetros que registran cualquier desplazamiento estructural. Sensores de asentamiento. Todo conectado a un sistema automatizado que genera alertas antes de que ningún ojo humano perciba cambio alguno. Cuando ocurre un sismo —incluso en el Caribe, aunque el epicentro esté lejos de la isla— se activa un protocolo de inspección de todas las estructuras, aguas arriba y aguas abajo. Y cada año, un panel internacional de ingenieros especializados en presas revisa que todo marche según el diseño original.

El agua que la lluvia trae y la tecnología devuelve limpia

Operar una mina a cielo abierto en una zona tropical implica enfrentarse a un problema que no tiene solución perfecta, solo soluciones responsables: el agua de lluvia que cae sobre el área de extracción entra en contacto con los minerales, y ese contacto puede generar drenaje ácido. En la antigua operación Rosario Dominicana —la que precedió a Barrick en estos mismos territorios— ese drenaje simplemente se iba al entorno. La tierra pelada que quedó al cierre de esa operación fue el primer síntoma de lo que ocurre cuando una mina termina sin plan de remediación.

En Pueblo Viejo ese flujo está capturado. Un sistema de canaletas, diques y tuberías conduce cada litro de agua que entra en contacto con el mineral hasta la planta de tratamiento de efluentes, donde es procesada antes de cualquier descarga. No es un sistema perfecto —ningún sistema industrial lo es—, pero es una diferencia sustancial con lo que existía antes, y es el tipo de diferencia que determina si una mina deja o no una herida permanente en el territorio.

Lo que viene después de la mina: el vivero, los taludes verdes y la promesa del cierre.

El miedo más legítimo que tiene la sociedad dominicana frente a la minería no es a lo que pasa mientras la mina opera, sino a lo que queda cuando se va. La respuesta de Barrick es un programa de rehabilitación ambiental que opera en paralelo a la extracción: cuando una zona del pit deja de utilizarse, comienza inmediatamente la revegetación.

La herramienta central de ese proceso es un vivero con capacidad de hasta 24,000 plantas por año, cultivadas a partir de semillas de especies nativas de la propia zona. No plantas importadas, no especies decorativas: la flora que pertenece a ese ecosistema, reproducida en condiciones controladas para garantizar que pueda sobrevivir cuando regrese al terreno. La ciencia respalda esta posibilidad: investigaciones en gestión ambiental demuestran que en yacimientos de sulfuros en clima tropical, con manejo adecuado del suelo y reintroducción de flora nativa, es posible recuperar cobertura vegetal funcional en 15 a 25 años. La propia presa El Llagal, que completará su vida operativa hacia 2027, está proyectada para ser reforestada y eventualmente habilitada para uso agrícola.

El horizonte que nadie ha visto todavía:

2040 y la gran pregunta sin respuesta

El futuro de Pueblo Viejo depende de un proyecto que está en el centro del debate más complejo de la minería dominicana en este momento: la Instalación de Almacenamiento de Relaves El Naranjo. Esta nueva presa de colas, diseñada con una longitud de cuatro kilómetros y una altura de 157 metros, es la condición técnica para extender la vida operativa de la mina más allá de 2040. Si se concreta, podría generar más de 9,000 millones de dólares adicionales para el Estado dominicano.

Pero su construcción implica el reasentamiento de 653 familias de seis comunidades de Sánchez Ramírez, y ese proceso no ha transcurrido sin tensiones. Organizaciones comunitarias han denunciado que las condiciones de reubicación y compensación no son suficientes. El proyecto está bajo revisión técnica del INDRHI. Es el capítulo abierto de esta historia, y merece un reportaje propio, con las voces de las comunidades al centro. Lo haremos.

Los números que el país tiene derecho a conocer

Pueblo Viejo es, desde 2013, el mayor exportador individual de bienes de la República Dominicana. La inversión de su construcción —cuatro mil millones de dólares— sigue siendo la mayor inversión extranjera directa en la historia del país. Desde entonces, la mina ha transferido al Estado más de 3,600 millones de dólares en impuestos. Solo en 2024: 252 millones de dólares, equivalentes a 15,000 millones de pesos. Las exportaciones del yacimiento representan el 37% de las exportaciones totales de bienes nacionales. Su aporte al PIB, directo e indirecto, equivale al 2%. La mina emplea a 3,017 personas —98% dominicanas— y genera 27,000 empleos indirectos. Estos números no son argumentos para cerrar los ojos ante los problemas reales. Son el peso exacto de lo que está en juego.

Lo que El Demócrata dice después de haber estado ahí

Este medio fue invitado por Barrick. Lo decimos sin ambages porque el periodismo responsable nombra sus condiciones de producción. Fuimos invitados, fuimos acompañados, y aun así hicimos las preguntas que teníamos que hacer.

La posición editorial de El Demócrata es que la República Dominicana debe apostar sin vacilaciones por una minería responsable: que coloque el bienestar de las comunidades como criterio no negociable, que utilice los recursos captados para enfrentar los déficits que asfixian al dominicano común, y que trate la remediación ambiental como una obligación jurídica, no como un gesto de buena voluntad corporativa.

La explotación de recursos naturales puede coexistir con la sostenibilidad medioambiental. Lo que necesita es la decisión de exigirlo. Pueblo Viejo es el experimento más grande y más visible de esa ecuación en la historia del país. Bajamos hasta sus entrañas. La conversación que se merece apenas comienza.

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