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El cristianismo ateo de la sociedad dominicana

La redacción por La redacción
28.09.2026
en Opinión
Tiempo de lectura: 4 minutos de lectura
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El cristianismo ateo de la sociedad dominicana
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Francisco Tavárez

La frase de “cristianos ateos” la escuché hace muchos años del padre Santiago Hirujo. Regresa a mi memoria cuando veo la euforia que causa en nuestra sociedad la muerte de un delincuente” a manos de la policía o de un grupo social “indignado”.

Según los datos disponibles, somos un país de creyentes. Cerca del 78 % de los dominicanos se identifica como cristiano y más del 95 % afirma creer en Dios. Alrededor del 59 % se declara católico y entre el 19 % y el 21 % pertenece a iglesias evangélicas, un sector en crecimiento constante. Incluso buena parte del 16,6 % que no milita en ninguna iglesia dice creer en un ser superior.

Esa fe no se queda en el templo. Marca la identidad nacional y el debate público. Defendemos la vida “desde la concepción”, y así lo consagra la Constitución. Nos opusimos, con una movilización enorme, a las tres causales del aborto, y lo mismo hicimos con el matrimonio igualitario. Exaltamos la familia tradicional, el decoro, la templanza. Nuestro lenguaje cotidiano está lleno de “Si Dios quiere” y “Dios te bendiga”. Somos el único país del mundo con una Biblia abierta en su escudo, y de ahí sacamos un orgullo que confunde patria y providencia.

Ahora bien, basta asomarse a cualquier red social para ver otra cara.

Cuando un presunto asaltante es capturado, el comentario que más se repite es “plomo”. Si lo golpean, lo aplauden. Si la policía lo abate en un “intercambio de disparos”, la sospecha es apenas un murmullo y el alivio es colectivo. No aplaudimos la legítima defensa; aplaudimos la sospecha de que no lo fue. Esa misma sociedad que defiende la vida del que no ha nacido suspende esa defensa cuando el nacido comete un delito. La vida es sagrada hasta que la persona se “descarría”.

Hay un texto que debería incomodarnos a todos. El artículo 37 de la Constitución dice: “El derecho a la vida es inviolable desde la concepción hasta la muerte. No podrá establecerse, pronunciarse ni aplicarse, en ningún caso, la pena de muerte.” Es la misma norma que el sector conservador invoca, con razón y con fervor, para defender al que no ha nacido. Pero la frase no termina en la concepción: llega hasta la muerte, y cierra con una prohibición absoluta. Ni el Estado puede matar en nombre de la justicia. Si el Estado no puede, mucho menos el vecino con un machete ni el agente que decide hacer de juez y verdugo en una esquina. Invocamos el artículo cuando nos sirve y lo olvidamos cuando nos estorba.

¿Por qué ocurre? Los sociólogos suelen señalar un factor central: el colapso de la confianza institucional. Cuando la gente percibe que la Policía, el Ministerio Público y los tribunales son ineficientes o corruptos, se instala una sensación de indefensión. Si nadie nos protege, la justicia por mano propia deja de parecer barbarie y empieza a parecer autodefensa. Ese miedo es legítimo. Lo que no es legítimo es que lo resolvamos renunciando a lo que decimos creer.

Y aquí los medios tenemos una responsabilidad enorme. Amplificamos el discurso conservador y cristiano y, al mismo tiempo, somos el gran motor de la espectacularización de la violencia. La delincuencia común domina portadas, transmisiones en vivo y talk shows matutinos. Mientras las estadísticas oficiales muestran fluctuaciones o descensos en los homicidios, la percepción de inseguridad se mantiene desbordada. Quien vive bajo un pánico alimentado por las pantallas termina creyendo que la piedad y el debido proceso son lujos que no puede permitirse.

Las páginas de sucesos y las cuentas digitales difunden videos crudos de atracos, golpizas y linchamientos casi sin filtro. La sobreexposición anestesia. Ver cuerpos violentados todos los días reduce la empatía, y el sufrimiento ajeno, incluso el de quien delinquió, se convierte en entretenimiento o en indignación rentable: clics, audiencia, ingresos.

También está el lenguaje. “Lacra”, “antisocial”, “escoria” saturan titulares y comentarios editoriales. Al definir a una persona únicamente por su peor acto, el medio le dice a su audiencia que ese sujeto está más allá de la redención. Así se desactiva el perdón, el amor al enemigo, la segunda oportunidad. Con el adversario convertido en basura, aplaudir su muerte cuesta poco.

Ante un sistema judicial débil, radio y televisión terminan actuando como tribunales de ejecución. Se difunde el video de un linchamiento y debajo miles celebran. Es difícil imaginar una escena más lejana de aquel episodio evangélico en el que una multitud, piedra en mano, oye que quien esté libre de pecado tire la primera. Hoy, en nuestras redes, la fila para tirar la piedra es larga y nadie se examina.

Nada de esto significa que todo el que defiende la vida desde la concepción celebre un linchamiento, ni que el miedo ciudadano sea un invento. Significa que existe una franja social, ruidosa y creciente, donde ambas posturas conviven sin conflicto aparente. Ese es el problema.

Una sociedad que exalta la fe los domingos y practica la retribución violenta el resto de la semana no es propiamente atea. Es algo más incómodo: creyente en la forma y pragmática en el fondo. Y ese cristianismo sin consecuencias es, en la práctica, una manera de ateísmo.

La pregunta que queda no es si somos religiosos. Los números dicen que sí. La pregunta es si estamos dispuestos a que nuestra fe cueste algo, incluso frente a quien más la incomoda.

Etiquetas: cristianismo ateo
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