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La sociedad que estamos financiando

La redacción por La redacción
06.06.2026
en Opinión
Tiempo de lectura: 3 minutos de lectura
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Samuel Sena
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Por Samuel Sena

Presidente del Consejo de Desarrollo Económico y Social de Santo Domingo (CODESSD)

La República Dominicana vive una contradicción que merece una profunda reflexión. Mientras aspiramos a construir una sociedad más educada, segura, productiva y competitiva, gran parte de los contenidos que dominan nuestras redes sociales, medios digitales y espacios de entretenimiento promueven exactamente lo contrario. La obscenidad, la violencia verbal, la humillación pública, la vulgaridad y la exaltación de conductas antisociales se han convertido en herramientas para alcanzar popularidad, reproducciones y beneficios económicos.

Sin embargo, sería un error responsabilizar únicamente a quienes producen este tipo de contenidos. Detrás de cada plataforma, programa o figura pública que vive de la degradación de los valores existe una estructura económica que la sostiene. Empresas privadas, marcas comerciales y patrocinadores destinan millones de pesos en publicidad a espacios cuya principal oferta es la controversia, el morbo o la vulgaridad. En muchos casos, organizaciones que en sus campañas institucionales hablan de responsabilidad social, educación y valores familiares terminan financiando contenidos que contradicen esos mismos principios. El mensaje es claro: mientras genere audiencia, se justifica la inversión.

La responsabilidad también alcanza al Estado. Diversas instituciones gubernamentales han destinado recursos públicos a medios, programas y plataformas que poco aportan a la formación ciudadana. Cuando el dinero de los contribuyentes termina fortaleciendo espacios que promueven antivalores, la discusión deja de ser únicamente moral y se convierte en un asunto de política pública. No se trata de censura ni de limitar la libertad de expresión; se trata de decidir qué tipo de sociedad estamos incentivando con nuestros recursos y cuáles comportamientos estamos premiando.

No obstante, la reflexión más difícil debe dirigirse hacia nosotros mismos como ciudadanos. Ningún contenido se vuelve exitoso sin una audiencia que lo consuma. Millones de dominicanos dedican horas cada día a seguir, comentar, compartir y viralizar materiales que muchas veces no aportan conocimiento, crecimiento personal ni bienestar colectivo. La economía digital funciona sobre la atención, y cada visualización es un voto a favor de aquello que decidimos consumir. Si la vulgaridad domina los algoritmos es porque existe una demanda masiva que la convierte en un negocio rentable.

Esto nos obliga a cuestionar el estado de nuestra educación y, sobre todo, de nuestra tolerancia moral como sociedad. No basta con medir el acceso a las escuelas o las estadísticas de alfabetización. También debemos preguntarnos qué valores estamos fortaleciendo, qué referentes estamos elevando y qué modelos de éxito estamos presentando a las nuevas generaciones. Cuando la fama se obtiene más rápido a través del escándalo que del mérito, cuando la agresividad genera más atención que el conocimiento y cuando la vulgaridad produce mayores ingresos que el talento, algo profundo está ocurriendo en nuestra cultura colectiva.

La preocupación es aún mayor cuando observamos el impacto sobre niños y jóvenes. Ellos crecen en un entorno donde muchas veces reciben más influencia de las redes sociales que de las aulas, las iglesias, las familias o las organizaciones comunitarias. Lo que consumen diariamente termina moldeando sus aspiraciones, su lenguaje, sus comportamientos y su percepción de la realidad. Si normalizamos la violencia, la degradación de la mujer, la cosificación de las personas o la falta de respeto como formas legítimas de entretenimiento, no deberíamos sorprendernos por los resultados sociales que posteriormente enfrentamos.

La solución no pasa por prohibiciones ni persecuciones. Pasa por una responsabilidad compartida. Las empresas deben revisar con mayor rigor dónde colocan sus presupuestos publicitarios. El Estado debe ser coherente con los valores que promueve desde sus políticas públicas. Los medios de comunicación deben comprender el papel social que desempeñan. Y los ciudadanos debemos asumir una cuota de responsabilidad sobre aquello que decidimos consumir y convertir en tendencia.

La calidad moral de una sociedad no se mide únicamente por sus leyes o por el crecimiento de su economía. También se refleja en aquello que admira, financia y celebra. La República Dominicana tiene el talento, la creatividad y la capacidad para promover contenidos que inspiren, eduquen y aporten al desarrollo nacional. La pregunta es si estamos dispuestos a respaldarlos con la misma intensidad con la que hoy respaldamos aquello que nos degrada.

Al final, la sociedad que tendremos mañana será el resultado de lo que decidamos promover hoy. Y esa responsabilidad nos corresponde a todos.

Etiquetas: La sociedadRepública Dominicana
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