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Por Dagoberto Güílamo
Señoras y señores, agárrense de sus asientos y ajusten bien los cinturones porque vamos a hablar de la criatura mítica, el fenómeno político más impresionante que haya visto este pobre país: Barrabás. No, no es el Barrabás bíblico que todos recordamos como el personaje que la multitud prefirió liberar en lugar de otro que, casualmente, andaba predicando paz y amor. ¡Este es un Barrabás moderno, de traje fino, sonrisa postiza y bolsillos más profundos que el mismísimo Océano Atlántico!
Barrabás, el hombre que logró gobernar durante 12 años —sí, doce largos y eternos años— nos dejó un legado que aún nos hace llorar cuando vemos el saldo de la cuenta bancaria (si es que todavía tienes cuenta). Durante su ilustre mandato, el país entró en lo que los economistas describen como “la mayor crisis económica de la historia”. Porque, claro, si vas a hacer las cosas mal, ¡hazlas en grande! Dejó al país endeudado con 56 mil millones y una justicia que parecía más un club privado para sus compinches.
¿Pero cómo no iba a lograrlo? Barrabás tenía la varita mágica de la política: convertir pobres niños en millonarios de la noche a la mañana, sin necesidad de trabajos o negocios propios, solo con la simple fórmula de “pégate a mí y vive feliz”. Un experimento económico que solo los más avispados como él podrían entender. Mientras tanto, Barrabás también se hizo millonario, ¡por supuesto! Sin haber trabajado en una sola empresa ni poner un tornillo en ningún lado. ¡Qué inspiración!
Hoy día, con pruebas irrefutables de su amor por lo ajeno, uno pensaría que Barrabás se dedicaría a disfrutar de su fortuna en silencio. Pero no, señoras y señores, este personaje tiene aspiraciones más altas. Porque, claro, después de convertir al país en un caos, ¿qué mejor idea que volver y hacerlo de nuevo? Esta vez armado con una red de propagadores de falsedades que venderían arena en el desierto si él se los pidiera.
Y aquí están, los defensores de Barrabás, aquellos que lo siguen con fervor religioso, olvidando convenientemente que, en la historia original, Barrabás también terminó en una cruz. Pero claro, esos detalles no importan cuando se trata de salvar al “mártir” político del momento.
Así que, amigos, no se preocupen por la verdad, la justicia, o los 56 mil millones que nos dejó colgando del cuello. Los defensores de Barrabás están aquí para decirnos que todo estará bien… otra vez. Y si no es así, ¡pues la culpa será nuestra por no tener suficiente fe en su milagrosa economía de la corrupción!
¿Quién dijo que segundas partes nunca fueron buenas?