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Por Francisco Tavárez
La crisis en Haití ha alcanzado niveles de violencia y caos que parecen sacados de una película distópica, pero son la realidad cruda de un país vecino que colapsa bajo el peso de años de inestabilidad. El incidente del vuelo NK 951 de Spirit Airlines ilustra cuán frágil es la seguridad en Haití, donde grupos armados tienen el poder de amenazar aeropuertos internacionales y aterrorizar a ciudadanos y visitantes. En paralelo, la situación se agrava en las calles, con bandas armadas tomando control de infraestructuras clave como puertos y gasoductos, facilitando incluso la fuga masiva de prisioneros y, en algunos casos, asesinando a figuras religiosas y humanitarias que trabajan en el país.
Es una crisis que afecta no solo a Haití, sino también a la República Dominicana y, potencialmente, a toda la región. Ante esta situación, República Dominicana debe entender que la crisis no es solo «al otro lado de la frontera». Los efectos del colapso haitiano, desde la migración forzada hasta el tráfico ilícito y los problemas de seguridad, ya se sienten dentro de nuestras propias fronteras.
Lo que está en juego no es solo la estabilidad de Haití, sino la seguridad de toda la región, que necesita una respuesta coordinada y solidaria para detener la propagación de la violencia y brindar una esperanza de reconstrucción a los haitianos.